miércoles, 24 de abril de 2013

#1


En definitiva, no me gusta que los libros sean rayados o lo que más común, subrayados. Me chirría un poco tomar un libro de la biblioteca y tener la sensación de que alguien me está diciendo cuales son las ideas importantes y cuales otras puedo pasar por alto.

Ahora, hace poco, compré un libro titulado "Los métodos de la lógica" de William Van Orman Quine. Lo compré porque me sonaba el autor y porque quería tener un libro de lógica "de verdad".


Pero aparte de mis ilusorias ideas sobre el contenido del libro, lo abrí en la primerísima página (lo que sería esta página de este libro) y vi un nombre apuntado en la esquina superior derecha, donde muchos de nosotros solemos también poner nuestro nombre para indicar que nos pertence. Me gusta la idea de poner mi nombre abajo y de que quizá algún día, al vender mi libro a alguien, el comprador ponga su nombre también indicando que el libro no le pertenece solo a él, sino a todos que de alguna manera se sirvieron de él.


Sebastian Vier

Wax and Wire


Una reflexión desde Quine


[En este artículo pretendo explicar algunas cosas sobre lo que opino de la filosofía como una ciencia y la curiosidad intelectual desde un artículo de Quine llamado: “Ha perdido la filosofía el contacto con la gente?”]

Cuando he revisado algunos libros de introducción a la ciencia, ha habido una cosa que siempre me ha asombrado: la importancia que se le da al método científico. Es curioso, porque incluso podríamos decir que se parece a un estandarte o a un escudo real de hace muchos años, pero que sigue teniendo la misma vigencia que siempre tuvo. Mientras otras cosas que se creían en la antigüedad, como por ejemplo la alquimia, parecen haber perdido su valor, o mejor aún quedado en la cabeza de las personas que alguna vez se admiraron con ellas; el método científico se repite una y otra vez en los libros que introducen a lo ciudadanos en el grandioso mundo de las ciencias.




No tendría por qué no ser así. Si decimos que saber algo es conocerlo de manera certera por sus causas(1), entonces, parece la mejor manera de aproximarse a cualquier tipo de saber. Se  tiene un problema, se plantea un posible porqué, se hace un experimento que permita saber si el porqué que se le dio es verdadero o no, se recogen los datos y se sacan conclusiones (2). Así funciona más o menos, en casi todas las ciencias (claro que con algunas variaciones).

Creo que todo sistema lógico pretende de una manera analizar el lenguaje, y a grandes rasgos el pensamiento, de una manera algorítmica; es decir, pretende crear un método mecánico con el que incluso una computadora pueda llegar a las soluciones deseadas. Esto siempre me ha parecido difícil de explicar. Uno puede imaginarse las instrucciones que vienen en las cajas para armar por ejemplo un librero. Si uno sigue al pie de la letra las instrucciones, uno llega (por lo general) a armar el librero. Un sistema lógico pretende ser algo parecido, pero aplicable a más de un solo problema (3).

¿Por qué digo todo esto acerca de la lógica y el método científico? Hay un canal en YouTube que se llama Numberphile (4) donde se habla de manera divulgativa sobre las matemáticas. Ahí hay un matemático que una vez hablando sobre sudokus dijo que contrario a lo que  cualquier  persona pudiese pensar, a él no le gustaba resolverlos. La razón era que en el fondo sabía que una computadora podía resolverlos y eso le quitaba  toda la magia.



Me parece que resolver algún problema utilizando un sistema lógico tiene ese mismo defecto. Creo que  lo que verdaderamente mueve a los lógicos, no es poder utilizar el método, sino entender lo que significa el método en sí mismo y los problemas que pueden surgir cuando se aplica. Lo mismo sucede con el método científico, que en cierto sentido siempre es el mismo, pero  que también hay cosas que cambian cuando se aplica. Está por ejemplo el caso de la sociología, donde siempre va a existir el problema de que es imposible hacer un experimento controlado; y entonces, el método “general” tiene que adecuarse al estudio. ¿Verdaderamente  tienen las conclusiones de ella la misma validez que la que puede tener un experimento “más controlado”? ¿Qué relación existe entre la validez de un método y el otro?

Lo que quería llegar con todo esto, es a una idea que postula Quine en un artículo titulado: “¿Ha perdido la filosofía el contacto con la gente?”(5) En él postula que la filosofía debe tener un método científico para atender así a un cierto tipo de “curiosidad intelectual”. Creo que el método no debe entenderse aquí jamás como algo totalmente rígido, como si los lógicos fueran a vencer toda duda utilizándolos. El pensamiento, en mi opinión, debe mantener siempre la posibilidad de explicar la realidad de maneras insospechadas. El método lógico, que Quine tanto aprecia, es como un carro en las manos de un hombre. Una herramienta con la que se puede hacer cosas distintas, una herramienta que también debe estar susceptible a cambios.

Entonces, uno puede decir que el método no es necesario, porque el hombre puede filosofar sin más. Puede ir a los problemas más fundamentales solo preguntándose al respecto y creyendo que en algún momento llegará a las respuestas porque su razón saltará a ellas. Me parece que esto es cierto, pero creo que la experiencia nos dice que no podemos avanzar del todo en aquel derrotero de la sabiduría o que en algún momento podríamos llegar a pensar que dimos con el blanco cuando realmente no era así. Creo que uno podría quedarse tranquilo al borde de la esquina de un problema mayor. Que por eso, en cierto sentido, una filosofía como consuelo espiritual es difícil de concebir. Creo que nunca vamos a llegar a la raíz del problema y que por eso la búsqueda tiene que ser metódica, así podremos apoyar con respuestas que a lo mejor en el momento no parecían tan interesantes. Ese método siempre va a tener que ser humano, en el sentido antes expuesto, es decir razonado en el sentido más cabal de la palabra.

Sebastián Vier

(1) Una de las cosas que más me impresiona de esta definición de lo que es el saber, es que este tiene que ser de manera certera; no porque necesite de esa seguridad, sino por su contraparte de haber acertado en la respuesta por pura suerte. Así, al expresarme de esta manera, lo único que quiero decir es que  un debe respaldarse en al menos una razón.
(2) No quería centrar mi ensayo en el método científico, pero lo pongo para dejar algunas ideas claras.
(3) Es evidente que uno no puede armar una góndola con las instrucciones para armar un librero.
(5) Discúlpenme  si me he tardado tanto pero quería explicar bien mi idea acerca del método filosófico

Entre el relativismo conversacional y la teoría del juego

No pretendo ser exhaustivo con este trabajo. Simplemente, quiero por un lado señalar mi desagrado hacia planteamientos relativistas que tienen en mi opinión, poca reflexión por detrás. Y por otro lado explicar por qué creo que hay otros que son más difíciles de refutar. De esta forma, quiero expresar mi desacuerdo con las críticas que meten (ya sea adrede o sin quererlo) en un mismo saco los diversos tipos de relativismos. Intento también dar algunas luces de un tipo de relativismo al que se le puede llamar conversacional, y cómo lo entiendo yo a través de lo que comprendo de la teoría del juego.

Como digo, no intento resolver aquí ni el problema del relativismo, ni el problema de hasta qué punto conocemos la verdad; problemas reales pero muy complejos para tratarlos aquí. Me contentaré si al final de este ensayo el lector se la piense dos veces antes de hablar de relativismo sin hacer dentro de él ningún tipo de distinciones(aunque lo más probable es que ya lo haga).

Hasta donde yo puedo ver, hay distintos tipos de relativismos. Digo “relativismo”, aunque el término pueda ser causa de enfado y me puedan tildar de fundamentalista cristiano o de “estalinista de la opinión pública”. De igual manera quiero ahora decir algo al respecto.

Lo primero es explicar qué quiero decir con relativismo. Esto puede parecer muy evidente, pero si quiero darle diversas posturas al mismo género, me parece conveniente dar cuenta en qué aspectos a mi entender se relacionan entre sí. Creo que no tiene sentido mostrar las diferencias entre cosas que de por sí no tienen mucha similitud entre ellas.

Por poner un ejemplo, uno bien podría comparar una casa con una hormiga. Sin embargo, exponer las diferencias entre uno y otro no tiene sentido dado que no se asemejan lo suficiente. Es decir, las semejanzas que guardan el uno con el otro son tan mínimas, que si enunciase un conjunto de todos los elementos que contienen dichas semejanzas, el conjunto sería tan grande que para hacer las relaciones pertinentes tardaríamos mucho tiempo. Creo (y se sigue de lo anterior) que la distinción se hace en base de conjuntos y no de elementos particulares. Que si bien se comparan los elementos, la comparación de alguna manera siempre tiene de base el conjunto.

Además, hay una razón mucho más sencilla por la que yo no haría una comparación entre una hormiga y un elefante: no tengo un propósito específico para hacerla. Así, retomando el tema anterior, para hacer una distinción de los distintos tipos de relativismo, tengo que dar algún fundamento a mi proceder. La razón que doy, es que me parece que a veces se le da a todos los tipos de relativismos un mismo tipo de crítica, cuando en realidad, no todos ellos comparten aquellas propiedades que se están criticando. Es como darle un zapato a un pie que al ser más grande no calza, que si bien la forma es la adecuada, el tamaño hace toda la diferencia.




Entonces, ¿qué entiendo yo por relativismo? Entiendo por relativismo un planteamiento respecto al pensamiento humano que pretende superar las diferencias existentes de creencias u opiniones que tienen distintas personas, al dar a todas estas el mismo valor (en el sentido de valoración en general y no como simple respeto a las creencias). De esta manera para la gente que sostiene el relativismo, parafraseando a Jaime Nubiola, pretender buscar la verdad resulta ser algo de mal gusto.

Entendido así el relativismo se enfrenta contra la evidencia del hecho contrario: que si bien podemos estar en desacuerdo en muchas cosas,  es posible encontrar algún tipo de similitud entre mi pensamiento y el pensamiento del vecino, al menos a un nivel básico que me permite conversar con él. Se ha dicho muchas veces que el lenguaje es social, y creo aún que el mismo pensamiento tiene ese carácter de comunicación, en el sentido de que es presentado en palabras. Entonces los distintos relativismos se distinguen dependiendo de la justificación que dan a ese hecho que nos permite conversar e incluso discutir entre los seres humanos.

En primer lugar, existe el relativismo que no da ningún tipo de justificación. Es el relativismo que niega a secas el principio de no-contradicción.  El mismo que Aristóteles critica diciendo que daría lo mismo la vida para esas personas si fuesen plantas. No sé si hay alguien que conozca a profundidad este principio y tenga este tipo de planteamiento en su nivel más básico; nivel donde no existe para él ninguna fundamentación válida, donde por decirlo de alguna manera, falta la herramienta necesaria para debatir e ir en contra del mismo principio.

En segundo lugar está un relativismo del “yo creo tal cosa, tú crees tal otra cosa y todo va bien”. Es un relativismo que no es encasillable en el anterior porque no llega a sus últimas consecuencias. Creo que es un tipo de relativismo que tiene bastante tiraje en la sociedad actual. En la primera carta del libro de C. S. Lewis “Cartas del diablo a su sobrino”, el autor dice que era bueno que el paciente (es decir aquel a quien el demonio debe hacer todo lo posible por mandarlo al infierno) tuviera una docena de teorías incompatibles en la cabeza. Hay ciertas creencias que son incompatibles una con la otra, uno no puede creer en que Jesús es el Hijo de Dios y al mismo tiempo aceptar la opinión acerca de la reencarnación. Y creo que el planteamiento se da porque como ninguno de los dos está seguro al respecto y no necesitan dicha resolución en el día a día, le dan a él poca importancia. Es más complejo que eso, porque se puede plantear problemas menos vitales y cómo responde este relativismo a dichos problemas. Además, esta es la concepción más básica de este planteamiento que a su vez tiene sendos giros de tuerca.

Finalmente, expondré lo que yo entiendo por relativismo conversacional. Esta noción la tomo del ensayo sobre pragmatismo y relativismo de Jaime Nubiola. Lo que entiendo acerca de este planteamiento es que tanto la filosofía como cualquier otro tipo de saber enmarcan su discurso en un tipo específico de lenguaje que le pertenece al tema que se está tratando. De esta manera, se pueden otorgar principios a los distintos saberes, siendo estos principios intrínsecos a cada uno de los lenguajes y lo suficientemente distintos de  otros principios para mantener la disociación entre  saberes. Por dar un ejemplo, lo que se puede decir en una conversación de filosofía, no tiene relación alguna con lo que se pueda decir acerca de la poesía. Así la valoración de las conclusiones es relativa al lenguaje que se emplea.

Creo que este planteamiento llega a responder a la pregunta de por qué podemos llegar a  estar de acuerdo en algunas cosas y al mismo tiempo, a mi modo de ver, marcar los límites entre lo que podemos y no podemos estar de acuerdo. Pero creo que incluso así, si es que llegamos a estar de acuerdo, hay de fondo un cierto principio racional en todos los tipos de conversación. El estar de acuerdo no es lo mismo que estar en lo cierto, y en ese sentido podría uno pensar en cómo ha de justificar los distintos límites que restringen cada los tipos de conversación. Sin embargo, creo que es mucho más sensato este relativismo, al que acepta sin más la opinión del otro, cuando se intuye que de alguna manera pueda no ser compatible con la propia.

Cuando era más pequeño jugué unas cuantas veces un juego de mesa que se llamaba Civilization. En el juego, uno tenía que expandir su civilización e ir avanzando por las distintas épocas (piedra, bronce, etc). En el juego de vez en cuando había conflictos entre quien podía o no establecerse en un territorio, pero debido a las normas del juego, era imposible jugar teniendo una visión imperialista e intentar ganar atacando a los vecinos. En resumidas cuentas, si uno era riguroso con sus tierras, uno siempre tenía mejor ejército y más gente que aquel que se centraba solo en expandirse. Así el juego no permitía ciertas formas de jugarse.




Me parece que se puede hacer una relación entre esas normas que rigen los juegos y las reglas que rigen cada uno de los lenguajes de las conversaciones. Creo que estas normas además de establecer ciertos principios en el juego permiten que pueda ser desarrollado de manera racional distintos modos de jugarlo. Es decir que, conocer los principios que rigen lo que se puede o no hacer, no nos deja sin posibilidad de desarrollo. En el ajedrez por ejemplo, uno puede jugar con unas cuantas reglas que son sencillas, pero a la larga el desarrollo de este juego sobrepasa garrafalmente la explicación de sus normas. Creo que el lenguaje tiene ese aspecto de juego porque tiene sus propias reglas. Sin embargo, creo también que lo que lo hace tan gustoso para el hombre es que en el fondo este se da cuenta que busca, que a través de él puede conoce la verdad y que incluso con sus límites, es posible alcanzar al menos parte de ella.

Sebastian Vier

La tarta de lúcuma



Me parece que el discurso de Bertrand Russell sobre la vaguedad tiene por momentos una intención de incitar extrañeza en el oyente. Decir que “una creencia vaga tiene mayor probabilidad de ser verdadera que una precisa, porque existen más hechos posibles que la verificarían” (Russell, Bertrand, Vaguedad) es a la vez lo más contundente y lo más raro que se puede encontrar en él. Raro, porque a simple vista parece darle mayor valor a la vaguedad que a la precisión; contundente, porque realiza todo lo contrario.

Yo intentaré emular la técnica de Russell haciendo algo parecido; sin embargo, lo intentaré hacer completamente a la inversa y darle así al argumento un giro de 180 grados. Hay que ver ahora si el lenguaje me ha permitido expresarme y si después de tanta contradicción (en el sentido lógico del término; es decir, como no-algo) se ha llegado a entender intuitivamente lo que intento hacer.

Bien pues, primero, corramos y alejémonos de un contexto tan científico. Dejemos por  lo tanto, los colores y sus múltiples matices; dejemos a su vez la lógica (que no utilizaré más en este artículo) y sobre todo, dejemos el preciso y meticuloso microscopio. Centrémonos entonces en un ejemplo mucho más ordinario. Supongamos el caso de una madre que le está montando una fiesta a su hijo de 8 años. Ella ha hecho todos los preparativos: las invitaciones ya han sido mandadas, ha comprado los globos, los dulces y todo; finalmente, dos días antes de la fiesta, le pregunta a su hijo: “¿Qué pastel quieres para tu cumpleaños?”

No sé exactamente de dónde nace la tradición del pastel. Lo que sí sé, es que si en una fiesta hay pastel, hay una condición esencial en este. Es posible que de todos los “chuches”, de los diez que haya en la fiesta, al dueño de esta solo le gusten tres. Pero en cuanto al pastel, esto no puede pasar.  El pastel tiene que ser exactamente, en la medida de lo posible, de su mayor agrado. Por lo tanto, dicha pregunta (como su respuesta), pasan a ser decisivas. No es que esté diciendo que los invitados no sean importantes; es más, son ellos los que hacen la fiesta. Pero que el pastel no cumpla las expectativas del cumpleañero puede arruinarlo casi todo.

El niño responde: “mami, quiero una tarta de lúcuma, por favor”. ¡Vaya, qué proposición! (disculpen). A simple vista, parece ser bastante precisa. Se tiene primero que sea una tarta, no un chease cake, ni tampoco algún tipo de queque. Tiene que tener ese borde de masa que lo caracteriza. Y por otro lado tiene que ser de lúcuma y no de chirimoya. Y para este momento uno puede pensar, ¿cuántos tipos de tarta de lúcuma se pueden comprar en esta ciudad?

Y visto así, el mensaje parece bastante preciso  y sin embargo, no lo es tanto. Creo que si yo le hubiese respondido a mi madre, la hubiese metido en serios problemas. Lo que sucede, es que por lo general una madre conoce a su hijo y si le da una respuesta que ella no espera (como es posible que lo sea en el caso expuesto), la madre se pregunta inmediatamente, “¿De dónde quiere ahora mi hijo una tarta de lúcuma? O lo que puede ser lo mismo, ¿Cuándo fue la última vez que mi hijo vio una tarta de lúcuma? Y viene a continuación una segunda pregunta de la madre al hijo: “¿Quieres una como la que viste en tal o cual pastelería? El niño responde que sí, y el problema queda solucionado.

¿A qué voy con todo esto? Básicamente quiero exponer tres ideas. La primera que evidentemente en un sentido el lenguaje es vago. En el caso de los niños, en mi opinión es evidente. Creo que es incluso probable, que el niño quiera una tarta determinada por la forma del contorno que le haya impactado y le resultó, en un momento dado, apetecible. Y que incluso, si la madre comprase un pastel de maracuyá pero que poseyera dicho borde, el niño quedaría encantado. Hay una relación en su cabeza, que él no ha acabado de explicarse y que la relación “tarta” y “lúcuma” quiere expresar exactamente dicha relación.

Por otro lado, hay ese carácter personal de las relaciones que permite incluso en tal vaguedad que se dé efectivamente la comunicación. Porque en este caso, una madre atenta, ve la ilusión que hubo en un momento en los ojos del niño y sabe qué preguntar para precisar. La expresión es vaga, en el sentido que otra persona podría ser otro tipo de relación y decir con las palabras algo completamente distinto. Pero entre los dos, por esa relación personal no es tan vaga.

Sin embargo, creo que incluso así hay muchas cosas que la madre deja de lado. Es el caso de por qué quiere eso. Pero es que no importa, la comunicación ha realizado lo que tenía que realizar y eso basta. Por eso creo por un lado que en el ámbito personal, si bien los mensajes pueden ser más vagos que en el ámbito científico, el conocimiento y la cercanía hacia una persona precisan el lenguaje mucho más; y por otro lado, que el lenguaje no necesita ser del todo preciso para poder comunicarnos.

Sebastián Vier


miércoles, 3 de abril de 2013

Fragmentos de poemas inacabados I

                 I

Que las jarchas son legiones
y el soneto el capitán.

Que si un día yo remase
hacia aguas más profundas
quedaría confinado
en su profundidad.

                 II

Y voltear el universo
como un molde plástico.
Serían todas la figuras negras
y habrían otras más
(negras también).