Yo intentaré emular la técnica de Russell haciendo algo parecido; sin embargo, lo intentaré hacer completamente a la inversa y darle así al argumento un giro de 180 grados. Hay que ver ahora si el lenguaje me ha permitido expresarme y si después de tanta contradicción (en el sentido lógico del término; es decir, como no-algo) se ha llegado a entender intuitivamente lo que intento hacer.
Bien pues, primero, corramos y alejémonos de un contexto tan científico. Dejemos por lo tanto, los colores y sus múltiples matices; dejemos a su vez la lógica (que no utilizaré más en este artículo) y sobre todo, dejemos el preciso y meticuloso microscopio. Centrémonos entonces en un ejemplo mucho más ordinario. Supongamos el caso de una madre que le está montando una fiesta a su hijo de 8 años. Ella ha hecho todos los preparativos: las invitaciones ya han sido mandadas, ha comprado los globos, los dulces y todo; finalmente, dos días antes de la fiesta, le pregunta a su hijo: “¿Qué pastel quieres para tu cumpleaños?”
No sé exactamente de dónde nace la tradición del pastel. Lo que sí sé, es que si en una fiesta hay pastel, hay una condición esencial en este. Es posible que de todos los “chuches”, de los diez que haya en la fiesta, al dueño de esta solo le gusten tres. Pero en cuanto al pastel, esto no puede pasar. El pastel tiene que ser exactamente, en la medida de lo posible, de su mayor agrado. Por lo tanto, dicha pregunta (como su respuesta), pasan a ser decisivas. No es que esté diciendo que los invitados no sean importantes; es más, son ellos los que hacen la fiesta. Pero que el pastel no cumpla las expectativas del cumpleañero puede arruinarlo casi todo.
El niño responde: “mami, quiero una tarta de lúcuma, por favor”. ¡Vaya, qué proposición! (disculpen). A simple vista, parece ser bastante precisa. Se tiene primero que sea una tarta, no un chease cake, ni tampoco algún tipo de queque. Tiene que tener ese borde de masa que lo caracteriza. Y por otro lado tiene que ser de lúcuma y no de chirimoya. Y para este momento uno puede pensar, ¿cuántos tipos de tarta de lúcuma se pueden comprar en esta ciudad?
Y visto así, el mensaje parece bastante preciso y sin embargo, no lo es tanto. Creo que si yo le hubiese respondido a mi madre, la hubiese metido en serios problemas. Lo que sucede, es que por lo general una madre conoce a su hijo y si le da una respuesta que ella no espera (como es posible que lo sea en el caso expuesto), la madre se pregunta inmediatamente, “¿De dónde quiere ahora mi hijo una tarta de lúcuma? O lo que puede ser lo mismo, ¿Cuándo fue la última vez que mi hijo vio una tarta de lúcuma? Y viene a continuación una segunda pregunta de la madre al hijo: “¿Quieres una como la que viste en tal o cual pastelería? El niño responde que sí, y el problema queda solucionado.
¿A qué voy con todo esto? Básicamente quiero exponer tres ideas. La primera que evidentemente en un sentido el lenguaje es vago. En el caso de los niños, en mi opinión es evidente. Creo que es incluso probable, que el niño quiera una tarta determinada por la forma del contorno que le haya impactado y le resultó, en un momento dado, apetecible. Y que incluso, si la madre comprase un pastel de maracuyá pero que poseyera dicho borde, el niño quedaría encantado. Hay una relación en su cabeza, que él no ha acabado de explicarse y que la relación “tarta” y “lúcuma” quiere expresar exactamente dicha relación.
Por otro lado, hay ese carácter personal de las relaciones que permite incluso en tal vaguedad que se dé efectivamente la comunicación. Porque en este caso, una madre atenta, ve la ilusión que hubo en un momento en los ojos del niño y sabe qué preguntar para precisar. La expresión es vaga, en el sentido que otra persona podría ser otro tipo de relación y decir con las palabras algo completamente distinto. Pero entre los dos, por esa relación personal no es tan vaga.
Sin embargo, creo que incluso así hay muchas cosas que la madre deja de lado. Es el caso de por qué quiere eso. Pero es que no importa, la comunicación ha realizado lo que tenía que realizar y eso basta. Por eso creo por un lado que en el ámbito personal, si bien los mensajes pueden ser más vagos que en el ámbito científico, el conocimiento y la cercanía hacia una persona precisan el lenguaje mucho más; y por otro lado, que el lenguaje no necesita ser del todo preciso para poder comunicarnos.
Sebastián Vier

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